
El domingo 16 de abril, en plena resaca de las fiestas de Semana Santa, la sala Tropicana de Santoña recibía la visita de los canadienses The Black Halos.
El espectáculo fue corto, pero intenso. Vivido desde el primer segundo por los músicos.
Billy Hopeless puso la quinta marcha desde el inicio de actuación. Se dejó la piel en cada centímetro del escenario, sudó gotas de rímel, maltrató su garganta, exprimió su voz, se flageló con el micro, se estranguló con el cable... dejó sus cicatrices al aire, hizo todo lo posible y más por dinamitar la sala y curiosamente el público respondió con una frialdad y timidez extrema.
Billy lo intentó de todas las maneras... "en Alemania y en Italia quieren asesinarme porque cuando toco allí, digo que el mejor público es el español". Ni con esas. La gente seguía de vacaciones. Puede que impresionados por el hortera y macarra provocador que tenían delante, haciendo todo tipo de obscenidades con el píe de micro, cinturón, guantes... lo que tuviera a mano. Puede que el volumen atronador influyera y se quedaran aturdidos. Puede que fuera un cúmulo de las tres cosas, o simplemente sea que no todos los días salen iguales...el caso es que era un contraste bastante notable ver lo que se cocía encima del escenario y la seriedad que había debajo.
En otra ocasión, B. H. intentó encender a la gente diciendo que si no aplaudíamos se desnudaba y que ese domingo íbamos a ver su resurrección. Como quiera que la mayoría de la audiencia era masculina, por lo menos logró que aplaudiéramos.
The Black Halos no engañan a nadie, ni tratan de hacerlo. Hacen un punk-rock directo, sin grandes alardes (apenas había punteos de guitarra), pero ejecutado con pasión, efervescencia y un espíritu combativo que les acompañó durante toda la actuación.
Utilizan sus armas con determinación y honestidad. Todos a la vez, como una máquina creada para bombardear con canciones rápidas, rudas y bastante pegadizas. Con coros que parecen himnos, que saltan a la mínima, con gran presencia en todas las canciones. El problema viene cuando a veces, los propios coros tapan la voz principal. Por momentos era todo un poco caótico y embarullado.
Esta es la receta. Sencilla y clara. También monótona y en este caso, parece que poco efectiva.
Al final de la tocata se escucharon comentarios del tipo "mucho ruido y pocas nueces" o "con otro sonido hubiera estado bien". También quién aseguraba "me lo he pasado de puta madre".
La cosa es que después de una hora y diez minutos debieron pensar que ante este panorama no merecía la pena seguir con el bis previsto.
Yo a día de hoy, todavía tengo repitiendo en mi cabeza canciones como Three sheets to the wind, Sell out love o No tomorrow girls y es que, algo si que me he contagiado. Además de trallazos como los ya nombrados, transformaron el I need to know de Tom Petty en una canción bastante más contundente pero también, menos bella. Con este tema terminaron una actuación en la que no faltaron dedicatorias para los fallecidos Kike Turmix o el más reciente Nikki Sudden y un mensaje bien cierto. La heroína es un problema.