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El triunfo de lo razonable (Manolo Garc?a) / 2005-05-30

El triunfo de lo razonable (Manolo Garc?a)Manolo García es un “Rara Avis” de la fauna musical española. Una especie protegida por él mismo, por la manera de tomarse su trabajo.
Hasta ahora ha sido así. M.G. no ha salido nunca anunciando, por ejemplo, relojes. No hacen carpetas para quinceañeras con fotos suyas impresas. Tampoco recuerdo haber visto ninguna canción suya en algún anuncio de televisión, ni creo hacer escuchado jamás “marca tono, politono, sonitono seguido de Una tarde de Sol”. De hecho, hace discos cada tres años, más o menos, y no se puede decir que esté constantemente apareciendo en los medios.
Con todo esto, mejor dicho, sin todo esto, Manolín lleva gran parte de su carrera (desde tiempos de El Último de la Fila), siendo un número uno en ventas, en bolos en directo y afluencia de público en estos. Todo ganado de manera lógica, empezando desde abajo, pateando discográficas, tocando en locales, dándose a conocer poco a poco hasta llegar a lo que es hoy. Como debe ser, como siempre había sido.
¿Por qué alguien desprovisto de la mecánica necesaria para llegar a esos niveles, logra hacerlo?. Solo puede ser una cosa. ¡Es muy bueno!. Y lo es en todas las parcelas que rodean tu trabajo. En la música, los textos, los dibujos y diseños que acompañan sus cds, sus conciertos, sus escenarios, los músicos que le acompañan, etc... y es que este hombre está encima de todo, y su mano se nota en cada una de las cosas.
Aparte de estos apuntes que pesan bastante, hay algo más profundo, más espiritual y totalmente visceral. Algo que no se con que extrañas leyes tendrá que ver, pero que es muy bonito ver y sentir. Es la conexión entre el artista y la gente, la atracción y fidelidad que se tienen. Yo creo de alguna manera, que además de ver al cantante, ves a la persona de carne y hueso. La afinidad, la identificación con él es total, y como el personaje todavía vive la música como cuando tenía veintitantos y sigue tirandose encima del público o bajando a cantar entre ellos, pasa, que cada vez que viene, vas con la sensación de ver a un familiar o al amiguete que hace tiempo que no ves, pero que a la vez, tienes muchos días en casa desde hace muchos años.
A mi me recuerda a Springsteen. Como el americano, ya puede ser el día que sea, el momento de la actuación que tercie, la condición que nos imaginemos, que Manolo da la orden y al segundo tiene a miles de seguidores dando saltos y aplaudiendo hasta quedar con las palmas rojas. Y él con ellos. Engancha de inmediato y no te suelta hasta que acaba. Es un auténtico animal del escenario, siempre lo ha sido, se maneja por las tablas con la comodidad y sabiduría de todo un experto y mantiene la ilusión y la rebeldía del músico por descubrir.
El sábado 30 de mayo estuvo en el Pabellón Municipal de Deportes de Santander presentando su nuevo cd “Para que no se duerman mis sentidos”. Dio un recital de los suyos. Durante dos horas y cuarto tocó veintiséis canciones, centrándose especialmente en su último trabajo, del que sonaron catorce temas (incluida la “intro” instrumental), y en su primer “Arena en los bolsillos” del que repescó siete u ocho canciones. Pasó de puntillas por sus segundo álbum con solo dos y retomó Sara y Como un burro amarrado a la puerta del baile de su etapa con El Último de la Fila.
A las 22:15 de la noche se apagaron las luces del pabellón y se escuchó el piano de “La atunara”, las sombras de los protagonistas ya se distinguían tras el telón que se abría de par en par para que empezara la fiesta. Suave, suave, fue la primera, siguieron con Zapatero, Sobre el oscuro abismo, Los hombres azules...Sobre tus pasos, Niña candela, En una playa en calma...
No falto el aire porteño, el poso flamenco y moruno, el son cubano, también pop de guitarras con alguna pincelada más electrónica, las carreras de lado a lado, la toalla dando vueltas, el baile con una chiquilla del público, el piscinazo de Manolo encima de las primeras filas, la suelta de globos (esta vez, caballitos de mar), las lucecillas entrelazadas en enredaderas, los telones pintados de graffitis, tres pantallas que proyectaban curiosas imágenes, un guiño a Camarón, algún embudo entre la gente, los clásicos “oe, oe, oe, oeee”, unos fogonazos blancos espectaculares y cegadores, destellos intermitentes de fluorescentes verticales, el “vivan los Picos de Europa”... etc.
M.G se trajo hasta ocho músicos para acompañarle, no faltaba de nada, violín, acordeón, percusiones para parar un tren, teclados, bajo, guitarras eléctricas, acústica, española, laud... todo lo necesario para desarrollar unas composiciones que hablan con nostalgia del pasado, y con esperanza del futuro, que muchas veces habitan en entornos bucólicos, idílicos, y que cada vez son más complejas, con muchos giros, y una instrumentación muy completa y trabajada. Todo lo contrario a las canciones comerciales y de estribillo facilón.
El final, como de costumbre, las luces completamente encendidas y la totalidad del aforo de pie, coreando, saltando y palmeando la ranchera de turno (Juan sin tierra). Manolo, con sombrero, al galope de un caballo imaginario, y todo el personal pasándoselo en grande . A ellos les gusta acabar así y a nosotros también.

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